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Los aztecas y los mayas bebían chocolate mezclado con miel, vainilla y chile hace tres mil quinientos años. El chocolate era la bebida de los soldados y de la élite social, pero también era de uso común en grandes festivales y celebraciones.

Fueron los españoles quienes llevaron a Europa el chocolate, que pronto adquirió un rico bagaje en luchas, leyes, desarrollo hortícola y contrabando. En Ecuador y la cuenca amazónica se descubrió una segunda especie del árbol del cacao, que era más fácil de cultivar y que hoy en día sigue cultivándose, junto con un híbrido de la especie original, en Asia y África occidental.
Mientras, Venezuela desarrollaba sus propias plantaciones de cacao. A medida que los pueblos nativos se iban extinguiendo, diezmados por la guerra y por las enfermedades europeas, empezaron a trabajar en las plantaciones los esclavos traídos desde África. La Corona española, preocupada por la posibilidad de que el comercio que se estaba estableciendo entre Sudamérica y México sentara un precedente y pusiera en peligro el control que ejercían los españoles sobre las mercancías europeas, prohibió tal comercio.

Los holandeses conquistaron Curaçao en 1634 y enviaron enormes cargamentos de chocolate de contrabando a Ámsterdam. Así, el estraperlo y el fraude prosperaron hacia mediados del siglo XVII, cuando Ámsterdam se convirtió en el centro del mercado del cacao. La costumbre de beber chocolate se extendió por toda Europa en establecimientos dedicados expresamente a ello, que supusieron una fuerte competencia para los cafés.

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